Decía Nietzsche que quien no dispone de ocho horas para sí mismo no es más que un esclavo. Según el filósofo, el día debía dividirse en tramos de ocho horas dedicadas al trabajo, al descanso y al ocio.
Teniendo en cuenta que Nietzsche murió en 1900 y la jornada laboral de ocho
horas se instituyó en España en 1919 —aunque no se consolidó hasta la
transición democrática de los años setenta—, el pensamiento del filósofo alemán
no deja de ser profundamente revolucionario.
Pero, llegado el año 2026, ¿quién puede decir que no es un esclavo según el
pensamiento nietzscheano?
Si a las ocho horas de la jornada laboral le sumamos el tiempo dedicado a ir y volver del trabajo, las obligaciones burocráticas que como ciudadanos tenemos que llevar a cabo y la resolución de problemas domésticos, entre otros, ¿cuánto tiempo nos queda para nuestro ocio?
Cuando me refiero al término «ocio», lo hago partiendo de su significado
etimológico (otium), que significa «reposo, quietud, paz y tiempo
libre».
Hoy en día, la privacidad se ha eliminado y el escaso tiempo libre que nos queda se publica en las distintas redes sociales; nos vemos en la «obligación» de justificar no solo nuestro trabajo, sino también nuestro tiempo libre. Instagram, Facebook o TikTok se llenan en este periodo estival de playas, viajes al extranjero, barcos y pieles bronceadas: una infinidad de fotos para justificar nuestro tiempo de ocio.
La gestión del ocio se ha convertido en otro trabajo que se cobra en la
dopamina generada por los likes de las personas que lo ven. Como
resultado, tenemos una sociedad cansada, esclava de un tiempo que no sabe o no
quiere gestionar. Llegará septiembre y el tiempo para descansar habrá sido
invertido en editar fotos y videos con los que dar envidia a gente que no
conocemos y a la que no le importamos.
«Las nuevas esclavitudes se alimentan de cadenas
económicas e infraestructuras digitales». — León XIV





