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miércoles, 19 de agosto de 2026

EL SENTIDO DE LA VIDA ES BUSCARLE SENTIDO


             Siempre me ha llamado la atención esa escena que aparece en algunas películas, generalmente relacionadas con la mafia, en la que hacen cavar su propia tumba a aquellos desdichados que van a ser ejecutados inmediatamente después de terminar de cavarla. No deja de ser una paradoja: cavar uno mismo una tumba anónima en la que será enterrado y, con el tiempo, olvidado.

Sin embargo, ¿qué es la vida en sí misma? Quizá no sea más que una sucesión de paladas hasta llegar al momento en que, finalmente, seremos enterrados y, con el tiempo, olvidados.

Al principio podemos tener la ilusión de estar buscando un tesoro. Solo es un juego al que, de alguna manera, nos vemos obligados a participar. Compartimos el arduo trabajo de cavar con otras personas que también excavan sus propias tumbas junto a nosotros. Puede que, en algún momento, lleguemos a pensar que nunca acabaremos de cavar.

Pero, con el paso de los años, descubrimos que el punto donde clavamos la pala por primera vez está cada vez más lejos. La tierra en la que hundimos la herramienta se deja penetrar con mayor facilidad y a más velocidad, hasta que llega el día en que dejamos de cavar y otros cubren de tierra aquello que nosotros empezamos.

Pero no habrá sido en vano. Toda la tierra que removimos habrá transformado lo que nos rodea. Nuevas semillas germinarán y, en los árboles jóvenes, anidarán nuevos pájaros. El ciclo de la vida volverá a reanudarse.

Porque todo lo que hacemos transforma lo que nos rodea, aunque no nos demos cuenta, aunque esa transformación sea, en principio, imperceptible.

Y, ya que no nos queda más que cavar, dejemos la tierra preparada para que, con el tiempo, nazca un bonito jardín, aunque nadie recuerde quién hizo posible que existiera.

“La vida es la suma de todas nuestras elecciones”. Albert Camus

 


miércoles, 29 de julio de 2026

GUERRA HÍBRIDA: EL ENEMIGO INVISIBLE DE LAS DEMOCRACIAS

 

De un tiempo a esta parte, existe un término que se repite constantemente en foros, discursos y análisis geopolíticos: la «guerra híbrida». A pesar de su recurrencia, pocas veces se define con claridad a qué se refiere exactamente cuando se utiliza.

Este concepto difumina la frontera entre el estado de paz y el conflicto bélico, pretendiendo desestabilizar a un Estado a través de la manipulación de su ciudadanía. Para ello, se sirve de:

·         Ciberataques: provocan daños en redes e infraestructuras vitales.

·         Desinformación: genera campañas de bulos y mentiras diseñadas para dividir a la sociedad.

·         Presión económica: utiliza sanciones, bloqueos de recursos o la imposición de aranceles.

Estos ataques se ejecutan en la denominada «zona gris»; es decir, sin llegar a una guerra abierta, buscan generar el enfrentamiento entre la población y el gobierno para provocar inestabilidad interna. Su objetivo último es forzar un cambio de régimen por otro que defienda los intereses extranjeros en el propio territorio.


El mundo actual gira a una velocidad tal que una noticia deja paso a otra a un ritmo frenético, impidiendo contrastar su veracidad. La cantidad de canales por los que nos llega la información es ingente, y es precisamente ese volumen el factor que facilita nuestra credulidad: si tantos lo dicen, debe de ser cierto. Si una difamación contra un sector se multiplica a través de diferentes plataformas, es solo cuestión de tiempo que el gobierno caiga.

Ante este escenario, la pregunta que cabe hacerse es obligada: ¿tiene el sistema democrático herramientas para defenderse de este tipo de ataques?

El sistema democrático actual —surgido de las revoluciones liberales del siglo XIX, asentado y generalizado durante el siglo XX— contiene una serie de contrapesos que facilitan su propia regulación: los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Todo ello, supervisado por unos medios de comunicación que, fundamentados en la libertad de prensa, dotan a la sociedad de los elementos de juicio suficientes para que, a través del sufragio, apruebe o desapruebe la gestión de sus gobernantes.

Cuando este engranaje se ve contaminado por la guerra híbrida, la democracia entra en peligro. Nos enfrentamos a una realidad capaz de manipular a una ciudadanía que, al no ser consciente de dicha manipulación, se convierte en la prueba irrefutable de su éxito.

Decía Rosa Luxemburgo que quien no se mueve no siente las cadenas. Hoy, esas mismas cadenas han conseguido apretar más que nunca sin hacer el más mínimo ruido.

«La barbarie puede nacer de la civilización, al igual que la democracia puede suicidarse o agotarse por sí misma». — Edwy Plenel.