Entre la competición de egos, la demagogia y la renuncia al pensamiento crítico
En época de elecciones suelen tensarse las costuras del sistema, dejando al descubierto sus fallas más evidentes. En esta ocasión, podemos ver cómo los partidos políticos multiplican sus actos de campaña. En ellos se repiten los mismos mensajes, independientemente de la formación que los protagonice: «Qué bueno soy yo y qué malo es el otro».
Y es que la política se ha convertido en
una competición de egos en la que las ideas han pasado a un segundo plano. Sin
embargo, desde una perspectiva aristotélica, la política debería ocuparse de
cómo gestionar los problemas de la polis —en este caso, los del país—, poniendo
el énfasis en su detección, análisis y posibles vías de solución, con el
objetivo de procurar la felicidad de la ciudadanía. Para ello, debería importar
más el «qué» y el «cómo» que el «quién».
Hoy, los discursos políticos se
fundamentan en «ideas fuerza» que se repiten hasta la saciedad. Se analizan
problemas inexistentes, se proponen soluciones erróneas y se culpa al
adversario de todo lo que va mal.
Aunque sería muy fácil culpar a los políticos de la deriva que ha tomado el discurso de nuestros dirigentes y de quienes aspiran a serlo, la realidad es que la ciudadanía es la principal responsable de la situación a la que ha llegado el debate político.
Decidimos quiénes son «los nuestros» y
quiénes son «los otros». Defendemos a quienes consideramos de nuestra parte y
criticamos a quienes vemos como adversarios, sin hacer el más mínimo ejercicio
de análisis de los mensajes que transmiten. En mi opinión, deberíamos ser más
exigentes con quienes consideramos nuestros representantes. En lugar de
aplaudir todo lo que dicen, tendríamos que exigirles que defiendan aquello que
creemos que responde a nuestros intereses.
Esta situación no es exclusiva de
nuestra sociedad: en muchos países, especialmente en los occidentales, se está
produciendo un fenómeno similar, con características prácticamente idénticas.
Con esto no estoy llamando a la
abstención ni al apoliticismo; todo lo contrario. Propongo que nos volvamos más
críticos y exigentes con quienes ponemos al frente de la gestión de un país,
una comunidad autónoma o un municipio. Debemos exigirles que destierren la
demagogia y que los debates se centren en problemas reales y en soluciones
reales.
«En la actualidad,
gracias a los progresos de la retórica, basta saber hablar bien para llegar a
ser jefe del pueblo». —Aristóteles



