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martes, 14 de julio de 2026

LA NUEVA ESCLAVITUD

             Decía Nietzsche que quien no dispone de ocho horas para sí mismo no es más que un esclavo. Según el filósofo, el día debía dividirse en tramos de ocho horas dedicadas al trabajo, al descanso y al ocio.

Teniendo en cuenta que Nietzsche murió en 1900 y la jornada laboral de ocho horas se instituyó en España en 1919 —aunque no se consolidó hasta la transición democrática de los años setenta—, el pensamiento del filósofo alemán no deja de ser profundamente revolucionario.

Pero, llegado el año 2026, ¿quién puede decir que no es un esclavo según el pensamiento nietzscheano?

Si a las ocho horas de la jornada laboral le sumamos el tiempo dedicado a ir y volver del trabajo, las obligaciones burocráticas que como ciudadanos tenemos que llevar a cabo y la resolución de problemas domésticos, entre otros, ¿cuánto tiempo nos queda para nuestro ocio?

Cuando me refiero al término «ocio», lo hago partiendo de su significado etimológico (otium), que significa «reposo, quietud, paz y tiempo libre».

Hoy en día, la privacidad se ha eliminado y el escaso tiempo libre que nos queda se publica en las distintas redes sociales; nos vemos en la «obligación» de justificar no solo nuestro trabajo, sino también nuestro tiempo libre. Instagram, Facebook o TikTok se llenan en este periodo estival de playas, viajes al extranjero, barcos y pieles bronceadas: una infinidad de fotos para justificar nuestro tiempo de ocio.

La gestión del ocio se ha convertido en otro trabajo que se cobra en la dopamina generada por los likes de las personas que lo ven. Como resultado, tenemos una sociedad cansada, esclava de un tiempo que no sabe o no quiere gestionar. Llegará septiembre y el tiempo para descansar habrá sido invertido en editar fotos y videos con los que dar envidia a gente que no conocemos y a la que no le importamos.

«Las nuevas esclavitudes se alimentan de cadenas económicas e infraestructuras digitales». — León XIV

 

miércoles, 8 de julio de 2026

VÍCTIMAS DEL VICTIMISMO

 

En los últimos años, a causa de la polarización política y de los resultados de los recientes comicios, me he preguntado cómo es posible que un número de personas tan significativo pueda defender ideas tan opuestas.

El principio del que parto es que todos y cada uno de nosotros entendemos que la postura que respaldamos es la que mejor nos representa, tanto a nosotros como a quienes nos rodean. Es por eso que la existencia de ideales tan contrapuestos debe partir de un punto común. Después de mucho leer, pensar y escuchar a los demás, he llegado a la conclusión de que el punto de partida que legitima cualquier opción ideológica y su expresión política es el victimismo.

Desde posturas conservadoras, se fundamenta el relato en la protección de la propia cultura, la cual se percibe como amenazada por los movimientos migratorios, principalmente por personas que provienen de países mayoritariamente musulmanes; este temor se ve reflejado en las proclamas de los partidos de derecha y extrema derecha. Desde la perspectiva progresista, la salvaguarda de los derechos de las clases populares, que se sienten atacadas por el gran capital, es la base sobre la que se asientan las propuestas de las formaciones de izquierda en su amplio espectro político (me reservo el uso del término “extrema izquierda”, ya que ningún partido con relevancia institucional representa o defiende un cambio revolucionario de las estructuras de poder). Desde los nacionalismos periféricos, la autonomía y las características propias de la región se ven agredidas por planteamientos centralistas; del mismo modo, el nacionalismo central percibe una amenaza a la unidad de España por parte de las periferias, por lo que su argumentario se articula en torno a la unidad nacional.

A pesar de que hay muchas más variables que definen el posicionamiento político de un individuo, es el “victimismo” el que justifica la opción electoral preferente.

En la actualidad, existe una “batalla cultural” por establecer un relato hegemónico que legitime unos u otros planteamientos. Diferentes antropólogos, entre los que destaca Claude Lévi-Strauss, han defendido —en mi opinión, con acierto— que la identidad se construye en base al “otro”, a quien percibimos como el contrario.

Como todos no pueden ser “víctimas”, lo más probable es que ninguno lo sea. Por lo tanto, habría que analizar los detalles que sustentan cada narrativa para poder desenmascararlos; pero eso, quizás, suponga un esfuerzo excesivo para un pueblo que se ha acostumbrado a que le den las soluciones a los problemas ya masticadas.

“Quien necesita ser guiado por un pastor solo puede tener la inteligencia de un borrego”. — F. Nietzsche.