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lunes, 30 de marzo de 2026

ARDE ROMA

 

En el año 64 de nuestra Era, el emperador romano Nerón, en su locura megalómana, prendió fuego a la ciudad. Cuenta la leyenda que mientras observaba las llamas de la ciudad eterna, entonaba cánticos acompañado de su lira.

Roma ardió durante, al menos, cinco días arrasando una parte importante de la ciudad. El descontento y el enfado de sus ciudadanos iba en aumento una vez que se extinguieron las llamas, por lo que el emperador, temeroso de que la ira de la población se dirigiera hacia su divina persona, culpó a los cristianos, una escisión de la religión judía que se encontraba en auge en el imperio.

La persecución de los cristianos desvió la atención sobre el verdadero promotor del incendio, el mismo Nerón.

Unos dos mil años después, un nuevo emperador ha prendido fuego al tablero geopolítico en el que vivimos globalmente y sus consecuencias no se harán esperar. Donald Trump, como un Nerón del siglo XXI, observa las llamas que ha provocado, sustituyendo la lira por su ridículo baile, mientras el resto del mundo intenta sofocar las llamas que está generando los bombardeos a los pozos petrolíferos en Oriente Medio, y la consecuente subida de precios de los carburantes en occidente.


El petróleo es, actualmente, la piedra angular sobre la que se sostiene nuestra civilización.

Veremos cuando se apaguen las llamas provocadas por el Nerón contemporáneo, hacia donde se dirige la ira de la población y cual es el chivo expiatorio al que el megalómano emperador culpa para escapar de la ira popular.

Existe un juez al que ni Nerón escapó con su divino poder, ni Trump escapará con el poder divino del dólar: el juez Tiempo. Este juez es insobornable e implacable y terminará colocando en su debido lugar de la historia a quien baila al son de las bombas que matan civiles a cambio de incrementar, su ya, repugnante riqueza.

“Quien empuña el cetro con una dureza cruel teme a los que le temen; el miedo revierte a su autor” Séneca

miércoles, 25 de marzo de 2026

ALICIA EN EL PAÍS DE LOS LIBROS PROHIBIDOS

 

Hace unos días terminé de leer el clásico de Lewis Carroll “Alicia en el país de las maravillas”. Hacía tiempo que tenía curiosidad por conocer que era aquello que encerraba sus páginas para que haya sido censurado y prohibido en distintos momentos y distintos países a lo largo de la historia.

El libro, publicado en 1865, fue prohibido por primera vez en el Estado de New Hampshire, Estados Unidos, en 1900 alegando que la historia promovía fantasías sexuales. Invito a cualquiera que lea o haya leído este libro que encuentre, aunque sea de manera velada, donde se hacen estas referencias sexuales.

En 1931, la China imperial lo prohibió porque un libro donde los animales hablaran era un insulto para el género humano. Siguiendo este criterio habríamos borrado del saber popular todas las moralejas de las fábulas clásicas de Esopo, entre otras muchas.

Tenemos que llegar a los años sesenta, de nuevo en Estados Unidos, donde fue prohibido en diversas bibliotecas públicas. Esta vez el motivo al que se aludió era que el libro promovía el consumo de drogas, poco que comentar al respecto.

Todos estos motivos se encuentran más en las mentes de los censores que en las páginas del libro de Carroll.

Un libro, cualquier libro, es una puerta abierta a la imaginación y la imaginación está libre de normas, reglas, incluso de las leyes naturales, por lo que a través de la imaginación se puede cuestionar lo establecido, y ahí es donde un libro es peligroso para quienes se erigen como defensores del sistema establecido y que rechazan cualquier cambio.

Una persona que lee es una persona que cuestiona, que duda, que analiza, que plantea alternativas, que piensa por sí misma. No porque el libro le haga pensar sino porque la dota de herramientas para pensar de manera compleja.

Es por este motivo por el que todos los regímenes totalitarios tienen una lista de libros prohibidos e inauguran su etapa con una pira de libros en llamas, también existen otros medios para alejar a las personas de los libros y es que cuando nadie quiere leer, ya no es necesario quemarlos.

En un mundo dominado por los bulos, medias verdades y manipulaciones, leer se ha convertido en un acto de rebeldía. Recuperar los valores de la Ilustración se hace cada vez más urgente en un mundo que se desmorona.

“Si no quieres que alguien esté políticamente descontento no le muestres las dos caras de la moneda; muéstrale una. Mejor aún no le muestres nada” Ray Bradbury (Farenheit 451)