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jueves, 12 de julio de 2018

EL LIBRO. EL MAYOR ENEMIGO DEL PODER.


Hace unos meses, cayó en mis manos un pequeño libro, editado en agosto de 1939 por la Junta Provincial Primera Enseñanza, titulado “Cursillo de orientación y perfeccionamiento”, como tengo la costumbre de hacerme con todos los libros relacionados con Educación, editados antes de 1950, para mí es una pequeña joya.


En él se percibe a primera vista que se trata de una normativa que regula la enseñanza primaria una vez concluida la guerra civil y se encuentra dividido en las siguientes secciones: Orientaciones Oficiales, Instrucciones de la Inspección de Primera Enseñanza para las Escuelas de la Provincia de Madrid, Cantos Religiosos, Patrióticos y Educativos.
La Enseñanza Primaria vuelve a manos de la Iglesia, donde cobra una especial importancia la exaltación de los símbolos patrióticos pero, sobre todo, lo que sin duda más me llamó la atención, fue lo siguiente: en la página 25 dice textualmente: “Los Maestros se abstendrán de hacer uso de las Bibliotecas escolares, hasta tanto que sean depuradas.” Con esta simple frase, caía en desgracia la Pedagogía de Giner de los Ríos y su Escuela Nueva, que intentaba acercar la educación primaria en España a la del resto de Europa.
Prohibir un libro, cualquier libro, es síntoma de tutela por parte del Estado, que toma a sus ciudadanos como personas inmaduras incapaces de discernir lo que está bien de lo que está mal, le impide crear una mentalidad crítica y por lo tanto dificulta el avance de un país, cualquier país.

Ningún libro es peligroso por sí mismo, lo peligroso es leer únicamente un libro, o una simple idea repetida en muchos libros, porque al no poder contrastar las tesis que se exponen se corre el riesgo de caer en el dogmatismo, eliminando la oportunidad a cualquier persona de sacar sus propias conclusiones.
La mayoría de los libros que han sido prohibidos en los distintos países, con distintos regímenes políticos, han sido porque estos libros han cuestionado: la moral, la religión o el sistema político. Pero ¿Por qué estos temas no pueden ser cuestionados? Sencillamente porque son los pilares en los que se sustenta cualquier sistema de poder.

Una persona capaz de pensar por sí mismo, es capaz de poner en entredicho los pilares del sistema hegemónico.
“Cada vez que enseñes, enseña a dudar de aquello que has enseñado”
José Ortega y Gasset
@mcarmonacurtido

jueves, 5 de julio de 2018

LAS CUENTAS CLARAS.


El Partido Popular ha presumido siempre de tener cerca de un millón de afiliados, según cifras del 2014, 865.000 afiliados nutrían las filas del Partido Popular.
La puesta en marcha del proceso de primarias para elegir al sucesor del Mariano Rajoy, al frente del partido conservador, ha desvelado que las cifras reales están muy lejos de ser las que presumía el ejecutivo Popular, por lo que a día de hoy se habla de unos 56.000 afiliados.
Este desfase numérico, me ha hecho pensar en un dato, y me ha sorprendido que nadie se haya referido a este tema. En este país sobran analistas políticos, economistas y periodistas de investigación para pasar por alto un dato, a mi entender, de suficiente importancia para al menos referirlo en las distintas tertulias políticas que se extienden por las distintas cadenas de televisión o radio.
La cuota de afiliación es, sin duda alguna, una de las fuentes de financiación de los partidos políticos, si bien no es de las más importantes, es uno de los ingresos fijos con los que los partidos cuentan y por lo tanto son auditadas por el Tribunal de Cuentas del Estado. El Partido Popular decía contar con 865.000 afiliados, si estos pagaban una media de 10 € de cuota mensual, esto querría decir  que el Partido Popular ingresaba anualmente en concepto de cuota de afiliación 103.800.000 €, pero si realmente cuenta, una vez revisado y actualizado el censo de afiliados con 56.000, quiere decir que lo que en realidad ingresa es 6.720.000 €, produciéndose un desfase de 97.080.000 €. ¿Cómo han podido justificar en concepto de cuota esta cantidad? ¿De dónde proviene ese dinero?
La principal diferencia entre un afiliado y un simpatizante o un adscrito es que los afiliados pagan cuota y los demás no, estas cuotas pueden ser desgravadas a la hora de hacer la declaración de la renta y por lo tanto el control que el Estado tiene sobre el número de afiliados de cada partido o sindicato es fidedigno.
Este dinero ha permitido al Partido Popular “hacer trampas” en el juego de la “democracia”, de ir “dopado” a la competición de las urnas. Poco a poco se van levantando las cartas con las que cada partido ha ido jugando y lo sorprendente es que nadie haya hecho la menor mención a este caso.
“Preferiría incluso fallar con honor que ganar con trampas”.
Sófocles.