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miércoles, 29 de julio de 2026

GUERRA HÍBRIDA: EL ENEMIGO INVISIBLE DE LAS DEMOCRACIAS

 

De un tiempo a esta parte, existe un término que se repite constantemente en foros, discursos y análisis geopolíticos: la «guerra híbrida». A pesar de su recurrencia, pocas veces se define con claridad a qué se refiere exactamente cuando se utiliza.

Este concepto difumina la frontera entre el estado de paz y el conflicto bélico, pretendiendo desestabilizar a un Estado a través de la manipulación de su ciudadanía. Para ello, se sirve de:

·         Ciberataques: provocan daños en redes e infraestructuras vitales.

·         Desinformación: genera campañas de bulos y mentiras diseñadas para dividir a la sociedad.

·         Presión económica: utiliza sanciones, bloqueos de recursos o la imposición de aranceles.

Estos ataques se ejecutan en la denominada «zona gris»; es decir, sin llegar a una guerra abierta, buscan generar el enfrentamiento entre la población y el gobierno para provocar inestabilidad interna. Su objetivo último es forzar un cambio de régimen por otro que defienda los intereses extranjeros en el propio territorio.


El mundo actual gira a una velocidad tal que una noticia deja paso a otra a un ritmo frenético, impidiendo contrastar su veracidad. La cantidad de canales por los que nos llega la información es ingente, y es precisamente ese volumen el factor que facilita nuestra credulidad: si tantos lo dicen, debe de ser cierto. Si una difamación contra un sector se multiplica a través de diferentes plataformas, es solo cuestión de tiempo que el gobierno caiga.

Ante este escenario, la pregunta que cabe hacerse es obligada: ¿tiene el sistema democrático herramientas para defenderse de este tipo de ataques?

El sistema democrático actual —surgido de las revoluciones liberales del siglo XIX, asentado y generalizado durante el siglo XX— contiene una serie de contrapesos que facilitan su propia regulación: los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Todo ello, supervisado por unos medios de comunicación que, fundamentados en la libertad de prensa, dotan a la sociedad de los elementos de juicio suficientes para que, a través del sufragio, apruebe o desapruebe la gestión de sus gobernantes.

Cuando este engranaje se ve contaminado por la guerra híbrida, la democracia entra en peligro. Nos enfrentamos a una realidad capaz de manipular a una ciudadanía que, al no ser consciente de dicha manipulación, se convierte en la prueba irrefutable de su éxito.

Decía Rosa Luxemburgo que quien no se mueve no siente las cadenas. Hoy, esas mismas cadenas han conseguido apretar más que nunca sin hacer el más mínimo ruido.

«La barbarie puede nacer de la civilización, al igual que la democracia puede suicidarse o agotarse por sí misma». — Edwy Plenel.

 

jueves, 23 de julio de 2026

LA EMOCIÓN COMO MEDIO PARA LA MANIPULACIÓN

 

Finalmente, España ganó el mundial y todos salimos a la calle a celebrar la victoria de la selección. Calles y plazas de todo el país se llenaron de personas que expresaban su alegría y orgullo por la victoria de aquellos 26 futbolistas, dirigidos magistralmente por Luis de la Fuente.

Todos, independientemente de su ideología, creencias religiosas, edades y demás características que nos definen como seres individuales, salimos a la calle en una comunión con la selección para festejar una victoria que sentimos como propia.

Este sentimiento de unión no viene determinado por un planteamiento racional de lo ocurrido, sino que parte directamente de la emoción. Como si de un conjuro mágico se tratase, personas enfrentadas y polarizadas enterraron por un tiempo sus diferencias para celebrar con alegría aquello que entienden como propio y parte del patrimonio común.

Y es que es a través de la exaltación de las emociones como somos más vulnerables, para bien y para mal. Lo ocurrido me ha llevado a reflexionar sobre lo sucedido el pasado domingo y cómo, a través de los mensajes de unidad y de apoyo que se han lanzado desde los medios de comunicación, los mensajes de los jugadores y del equipo técnico ensalzando el apoyo que recibían desde España, y cómo este apoyo era convertido en responsabilidad de dar lo mejor de sí mismos, se ha conseguido que el mensaje calara en la ciudadanía en un hilo de apoyo bidireccional.

Si los mensajes que recibiéramos desde otros ámbitos fueran en la misma línea que los que hemos recibido durante el mundial, acabaríamos con la polarización y podríamos volver a sentirnos como un único ser social que busca lo mejor para sí mismo.

Pero el mundial acabó y volvemos a los mensajes polarizados que hacen que la emoción vuelva a ser la que nos divida como pueblo de nuevo, sin que nos demos cuenta de cómo somos manipulados a su antojo.

Por eso es importante recordar el mensaje lanzado por Luis de la Fuente en la celebración del título:

“Juntos somos más fuertes”.  Luis de la Fuente.

martes, 14 de julio de 2026

LA NUEVA ESCLAVITUD

             Decía Nietzsche que quien no dispone de ocho horas para sí mismo no es más que un esclavo. Según el filósofo, el día debía dividirse en tramos de ocho horas dedicadas al trabajo, al descanso y al ocio.

Teniendo en cuenta que Nietzsche murió en 1900 y la jornada laboral de ocho horas se instituyó en España en 1919 —aunque no se consolidó hasta la transición democrática de los años setenta—, el pensamiento del filósofo alemán no deja de ser profundamente revolucionario.

Pero, llegado el año 2026, ¿quién puede decir que no es un esclavo según el pensamiento nietzscheano?

Si a las ocho horas de la jornada laboral le sumamos el tiempo dedicado a ir y volver del trabajo, las obligaciones burocráticas que como ciudadanos tenemos que llevar a cabo y la resolución de problemas domésticos, entre otros, ¿cuánto tiempo nos queda para nuestro ocio?

Cuando me refiero al término «ocio», lo hago partiendo de su significado etimológico (otium), que significa «reposo, quietud, paz y tiempo libre».

Hoy en día, la privacidad se ha eliminado y el escaso tiempo libre que nos queda se publica en las distintas redes sociales; nos vemos en la «obligación» de justificar no solo nuestro trabajo, sino también nuestro tiempo libre. Instagram, Facebook o TikTok se llenan en este periodo estival de playas, viajes al extranjero, barcos y pieles bronceadas: una infinidad de fotos para justificar nuestro tiempo de ocio.

La gestión del ocio se ha convertido en otro trabajo que se cobra en la dopamina generada por los likes de las personas que lo ven. Como resultado, tenemos una sociedad cansada, esclava de un tiempo que no sabe o no quiere gestionar. Llegará septiembre y el tiempo para descansar habrá sido invertido en editar fotos y videos con los que dar envidia a gente que no conocemos y a la que no le importamos.

«Las nuevas esclavitudes se alimentan de cadenas económicas e infraestructuras digitales». — León XIV

 

miércoles, 8 de julio de 2026

VÍCTIMAS DEL VICTIMISMO

 

En los últimos años, a causa de la polarización política y de los resultados de los recientes comicios, me he preguntado cómo es posible que un número de personas tan significativo pueda defender ideas tan opuestas.

El principio del que parto es que todos y cada uno de nosotros entendemos que la postura que respaldamos es la que mejor nos representa, tanto a nosotros como a quienes nos rodean. Es por eso que la existencia de ideales tan contrapuestos debe partir de un punto común. Después de mucho leer, pensar y escuchar a los demás, he llegado a la conclusión de que el punto de partida que legitima cualquier opción ideológica y su expresión política es el victimismo.

Desde posturas conservadoras, se fundamenta el relato en la protección de la propia cultura, la cual se percibe como amenazada por los movimientos migratorios, principalmente por personas que provienen de países mayoritariamente musulmanes; este temor se ve reflejado en las proclamas de los partidos de derecha y extrema derecha. Desde la perspectiva progresista, la salvaguarda de los derechos de las clases populares, que se sienten atacadas por el gran capital, es la base sobre la que se asientan las propuestas de las formaciones de izquierda en su amplio espectro político (me reservo el uso del término “extrema izquierda”, ya que ningún partido con relevancia institucional representa o defiende un cambio revolucionario de las estructuras de poder). Desde los nacionalismos periféricos, la autonomía y las características propias de la región se ven agredidas por planteamientos centralistas; del mismo modo, el nacionalismo central percibe una amenaza a la unidad de España por parte de las periferias, por lo que su argumentario se articula en torno a la unidad nacional.

A pesar de que hay muchas más variables que definen el posicionamiento político de un individuo, es el “victimismo” el que justifica la opción electoral preferente.

En la actualidad, existe una “batalla cultural” por establecer un relato hegemónico que legitime unos u otros planteamientos. Diferentes antropólogos, entre los que destaca Claude Lévi-Strauss, han defendido —en mi opinión, con acierto— que la identidad se construye en base al “otro”, a quien percibimos como el contrario.

Como todos no pueden ser “víctimas”, lo más probable es que ninguno lo sea. Por lo tanto, habría que analizar los detalles que sustentan cada narrativa para poder desenmascararlos; pero eso, quizás, suponga un esfuerzo excesivo para un pueblo que se ha acostumbrado a que le den las soluciones a los problemas ya masticadas.

“Quien necesita ser guiado por un pastor solo puede tener la inteligencia de un borrego”. — F. Nietzsche.

 

jueves, 2 de julio de 2026

LATINOAMÉRICA: EL CONCEPTO INVENTADO

 

Las palabras son fundamentales para ubicarnos en el espacio y describir un lugar u orientarnos. Además, ofrecen una serie de datos que nos ayudan a entender el entorno de forma más compleja. Sirvan los siguientes ejemplos:

Por un lado, se pueden utilizar criterios geográficos para describir el continente americano según la posición de sus regiones. Así, al hablar de Sudamérica, nos referimos a las naciones del sur del continente, entre las que encontramos a Venezuela, Colombia, Argentina, Chile, Perú, Uruguay o Brasil. Si nos referimos a Centroamérica, hablamos de los territorios situados en el istmo central, como Nicaragua, Honduras y Panamá. Si mencionamos Norteamérica, el término engloba a Canadá, Estados Unidos y México.

Por otro lado, se pueden emplear conceptos vinculados al pasado colonial. De este modo, Hispanoamérica se refiere a las naciones que fueron colonias españolas y donde se habla español. Si, por el contrario, se utiliza el término Iberoamérica, se incluye también a Brasil, antigua colonia portuguesa donde el idioma oficial es el portugués.

A pesar de que estas clasificaciones son muy explícitas, el concepto más difundido es el de Latinoamérica. Este resulta mucho más inexacto, partiendo de la base de que en el continente americano nunca se habló latín como idioma vehicular. Aquí es donde cobra verdadera importancia el peso de las palabras.

El término “Latinoamérica” fue difundido por Francia durante el gobierno de Napoleón III en la década de 1860. Su objetivo era justificar la presencia colonial francesa en la región, diluyendo la vinculación de estos territorios con los decadentes imperios español y portugués. Así, el nuevo concepto se utilizó como propaganda para presentar a Francia como la legítima protectora de la región frente al expansionismo de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Hay que recordar que, durante el siglo XIX, España perdió sus colonias americanas en medio de una tremenda agitación sociopolítica en la península ibérica. A esto se suma que la propia España asumió la "leyenda negra" que ingleses y franceses difundieron al otro lado del océano, sin establecer una versión que contrarrestara el mensaje malintencionado de sus rivales históricos. Si bien es cierto que los colonos ibéricos cometieron terribles desmanes, también se realizó un enorme trabajo para conectar ambos mundos a nivel cultural, social y comercial.

Hoy en día, el uso de “Latinoamérica” se ha generalizado, pero sigue sin estar lo suficientemente definido, siendo mucho más exactas las divisiones mencionadas al principio de este artículo. Lo que sí consiguió Francia con la propagación de este vocablo fue romper, al menos en parte, los vínculos históricos entre las antiguas metrópolis y sus colonias. Aún son patentes estas consecuencias.

“La manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica, porque destruye cerebros”. — Noam Chomsky