Siempre me ha llamado la atención esa escena que aparece en algunas películas, generalmente relacionadas con la mafia, en la que hacen cavar su propia tumba a aquellos desdichados que van a ser ejecutados inmediatamente después de terminar de cavarla. No deja de ser una paradoja: cavar uno mismo una tumba anónima en la que será enterrado y, con el tiempo, olvidado.
Sin embargo, ¿qué es la vida en sí
misma? Quizá no sea más que una sucesión de paladas hasta llegar al momento en
que, finalmente, seremos enterrados y, con el tiempo, olvidados.
Al principio podemos tener la
ilusión de estar buscando un tesoro. Solo es un juego al que, de alguna manera,
nos vemos obligados a participar. Compartimos el arduo trabajo de cavar con
otras personas que también excavan sus propias tumbas junto a nosotros. Puede
que, en algún momento, lleguemos a pensar que nunca acabaremos de cavar.
Pero, con el paso de los años,
descubrimos que el punto donde clavamos la pala por primera vez está cada vez
más lejos. La tierra en la que hundimos la herramienta se deja penetrar con
mayor facilidad y a más velocidad, hasta que llega el día en que dejamos de
cavar y otros cubren de tierra aquello que nosotros empezamos.
Pero no habrá sido en vano. Toda la tierra que removimos habrá transformado lo que nos rodea. Nuevas semillas germinarán y, en los árboles jóvenes, anidarán nuevos pájaros. El ciclo de la vida volverá a reanudarse.
Porque todo lo que hacemos
transforma lo que nos rodea, aunque no nos demos cuenta, aunque esa
transformación sea, en principio, imperceptible.
Y, ya que no nos queda más que
cavar, dejemos la tierra preparada para que, con el tiempo, nazca un bonito
jardín, aunque nadie recuerde quién hizo posible que existiera.
“La vida es
la suma de todas nuestras elecciones”. Albert Camus



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