Identidad, emociones y manipulación del voto en el auge de la extrema derecha
El auge de la extrema derecha es un hecho. Lo que llama la atención es que un partido que ha votado en contra del aumento del salario mínimo interprofesional (SMI), la reforma laboral que mejora significativamente los derechos laborales de los trabajadores, especialmente de los menos cualificados, la reducción de la jornada laboral, entre otros, tenga entre sus seguidores, precisamente, a las personas que más se han beneficiado de estas medidas.
No deja de ser una contradicción que
personas que se han beneficiado de unas medidas voten a favor de partidos que
votaron en contra de esas mismas medidas y que, además, prometen derogarlas si
llegan al poder.
Partiendo de esta premisa, la pregunta
es obligada:¿qué hace que una persona vote o apoye a un determinado partido
político?
Empezaré enumerando cuáles son los
motivos que no influyen en el voto:
Miles de trabajadores votarán
a un partido que piensa legislar en contra de sus intereses: bajar el salario
mínimo y aumentar la jornada laboral, entre otras y es que estas cuestiones no
deben sorprender a nadie, en el caso de que se apliquen, ya que lo llevan en su
programa electoral y forma parte de su discurso.
Tampoco la identidad de clase es un
motivo que aglutine el voto, debido a que estas personas de clase trabajadora
votarán a un partido abiertamente clasista
que aboga por legislar a favor de las grandes corporaciones internacionales,
algo que también se desprende de su discurso programático.
Los intereses nacionales no son un
motivo que decante la intención del voto, la extrema derecha se ha posicionado
a favor de intereses extranjeros como es el caso de Israel y Estados Unidos
frente a los intereses de España.
Entonces ¿por qué sigue aumentando la
intención de voto entre las clases trabajadoras?
La extrema derecha establece un discurso
simplista sobre la identidad y proyecta en un chivo expiatorio todos los males
de la nación, todo esto sumado a una retórica de un pasado glorioso
fundamentado en mitos medievales y de la edad moderna, acompañado de una
simbología que evoca la grandeza de tiempos pasados (como el uso de la cruz de
borgoña de los tercios de Flandes) o el aspecto marcial de sus sectores más
duros y reaccionarios, a lo que hay que sumar un uso magistral de las redes
sociales como medios para la difusión de su ideas.
Este conjunto dota al votante, generalmente de estudios básicos y alejados de cualquier atisbo de intelectualidad, de una identidad propia, un enemigo común, unos símbolos con los que identificarse y unas plataformas donde consumir su mensaje, sin necesidad de realizar la más mínima reflexión.
En la década de los noventa, defender
posiciones de extrema derecha era cosa de unos cuantos marginados sociales, hoy
lo es defender los Derechos Humanos y el sistema democrático. Lo que no podemos
olvidar es que lo que está mal, está mal aunque lo haga todo el mundo y lo que
está bien, está bien aunque no lo haga nadie.
“La
gente reinterpreta las cosas para encajarlas en una estructura básica de
valores morales que, de hecho, todos compartimos” Noam Chomsky

