El ser humano es un ser social, como ya dijera Aristóteles en el siglo IV a.C., pero también es un ser gregario. Ambas características, sin ser iguales, pueden llegar a ser complementarias.
La sociabilidad humana se enmarca en un
marco general y global, necesitamos de los demás para vivir, ser gregario es
una característica más concreta, se trata de agruparnos con otras personas y
actuando de manera homogénea, del mismo modo que lo hacen los demás, con el
objetivo de ser aceptados o, al menos, no ser discriminados.
Son muchas las ocasiones que actuamos de forma análoga a como lo hace el grupo en el que nos encontramos, la mayor parte de las veces lo hacemos de forma inconsciente, incluso el refranero español tiene un refrán que nos invita a actuar de dicha forma: “Donde fueres haz lo que vieres”.
¿Quién no ha acudido a una misa y se ha
levantado y sentado al mismo tiempo que lo ha hecho el resto de los asistentes?,
o incluso sin conocer las oraciones ha movido los labios con el objetivo de
simular que conoce la liturgia que los demás están siguiendo para no sentirse
ajeno al grupo. Del mismo modo pasa en el resto de liturgias religiosas,
utilizo el ejemplo de la misa católica por ser un rito de acceso general en
nuestro entorno.
El trabajo es otro de los espacios donde
actuamos de manera gregaria, ejecutamos las acciones sin tener que
analizarlas, se realizan tal y como los
demás esperan que se hagan, esto nos hace generar un sentimiento de pertenencia
al grupo, que genera seguridad y protección.
Pero también existen espacios informales
donde procedemos del mismo modo, el grupo de amigos es un entorno clásico de
comportamiento gregario, donde cada uno tiene una función que desempeña de
manera inconsciente.
No desarrollar este tipo de conducta hace que se corra el riesgo de ser rechazado por el grupo, del señalamiento incómodo, y de la soledad, es por eso que es tan difícil actuar de manera individual, ya que para ello deberíamos estar dispuestos a asumir las consecuencias de nuestros actos, por muy duros que estos pudieran ser.
Cuestionar el comportamiento del grupo
vuelve sospechoso al que se atreve a hacerlo, porque con su ejemplo puede
despertar en otros la curiosidad y el valor suficiente para imitarlo, y si ese
ejemplo genera otros imitadores, la supervivencia del grupo se pone en riesgo,
y es por ese motivo por el que disidencia se castiga con el rechazo y la
expulsión del grupo. Decía Nietzsche que “ningún precio es demasiado alto por
el privilegio de ser uno mismo” pero no todas las personas están dispuestas a
pagar ese precio.
“El
espíritu libre busca razones, los demás buscan una creencia” F. Nietzsche



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