Hace unos días terminé de leer el clásico de Lewis Carroll “Alicia en el país de las maravillas”. Hacía tiempo que tenía curiosidad por conocer que era aquello que encerraba sus páginas para que haya sido censurado y prohibido en distintos momentos y distintos países a lo largo de la historia.
El libro, publicado en 1865, fue
prohibido por primera vez en el Estado de New Hampshire, Estados Unidos, en
1900 alegando que la historia promovía fantasías sexuales. Invito a cualquiera
que lea o haya leído este libro que encuentre, aunque sea de manera velada,
donde se hacen estas referencias sexuales.
En 1931, la China imperial lo prohibió
porque un libro donde los animales hablaran era un insulto para el género
humano. Siguiendo este criterio habríamos borrado del saber popular todas las
moralejas de las fábulas clásicas de Esopo, entre otras muchas.
Tenemos que llegar a los años sesenta,
de nuevo en Estados Unidos, donde fue prohibido en diversas bibliotecas
públicas. Esta vez el motivo al que se aludió era que el libro promovía el
consumo de drogas, poco que comentar al respecto.
Todos estos motivos se encuentran más en las mentes de los censores que en las páginas del libro de Carroll.
Un libro, cualquier libro, es una puerta abierta a la imaginación y la imaginación está libre de normas, reglas, incluso de las leyes naturales, por lo que a través de la imaginación se puede cuestionar lo establecido, y ahí es donde un libro es peligroso para quienes se erigen como defensores del sistema establecido y que rechazan cualquier cambio.
Una persona que lee es una persona que
cuestiona, que duda, que analiza, que plantea alternativas, que piensa por sí
misma. No porque el libro le haga pensar sino porque la dota de herramientas
para pensar de manera compleja.
Es por este motivo por el que todos los
regímenes totalitarios tienen una lista de libros prohibidos e inauguran su
etapa con una pira de libros en llamas, también existen otros medios para
alejar a las personas de los libros y es que cuando nadie quiere leer, ya no es
necesario quemarlos.
En un mundo dominado por los bulos,
medias verdades y manipulaciones, leer se ha convertido en un acto de rebeldía.
Recuperar los valores de la Ilustración se hace cada vez más urgente en un
mundo que se desmorona.
“Si
no quieres que alguien esté políticamente descontento no le muestres las dos
caras de la moneda; muéstrale una. Mejor aún no le muestres nada” Ray Bradbury
(Farenheit 451)



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