En el año 64 de nuestra Era, el emperador romano Nerón, en su locura megalómana, prendió fuego a la ciudad. Cuenta la leyenda que mientras observaba las llamas de la ciudad eterna, entonaba cánticos acompañado de su lira.
Roma ardió durante, al
menos, cinco días arrasando una parte importante de la ciudad. El descontento y
el enfado de sus ciudadanos iba en aumento una vez que se extinguieron las
llamas, por lo que el emperador, temeroso de que la ira de la población se
dirigiera hacia su divina persona, culpó a los cristianos, una escisión de la
religión judía que se encontraba en auge en el imperio.
La persecución de los
cristianos desvió la atención sobre el verdadero promotor del incendio, el
mismo Nerón.
Unos dos mil años después, un nuevo emperador ha prendido fuego al tablero geopolítico en el que vivimos globalmente y sus consecuencias no se harán esperar. Donald Trump, como un Nerón del siglo XXI, observa las llamas que ha provocado, sustituyendo la lira por su ridículo baile, mientras el resto del mundo intenta sofocar las llamas que está generando los bombardeos a los pozos petrolíferos en Oriente Medio, y la consecuente subida de precios de los carburantes en occidente.
El petróleo es,
actualmente, la piedra angular sobre la que se sostiene nuestra civilización.
Veremos cuando se apaguen las llamas provocadas por el Nerón contemporáneo, hacia donde se dirige la ira de la población y cual es el chivo expiatorio al que el megalómano emperador culpa para escapar de la ira popular.
Existe un juez al que
ni Nerón escapó con su divino poder, ni Trump escapará con el poder divino del dólar:
el juez Tiempo. Este juez es insobornable e implacable y terminará colocando en
su debido lugar de la historia a quien baila al son de las bombas que matan
civiles a cambio de incrementar, su ya, repugnante riqueza.
“Quien empuña
el cetro con una dureza cruel teme a los que le temen; el miedo revierte a su autor”
Séneca



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