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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Monopoly



Cuando era pequeño, jugando a uno de mis juegos de mesa favoritos, me tocó responder  a la siguiente pregunta; “¿Qué juego está prohibido en la Unión Soviética? Cuya respuesta era: El Monopoly. En aquel momento no entendí bien porque podía estar prohibido en aquel país, y al preguntar a mis padres el porqué, me contestaron que era porque se trataba de un juego capitalista. En aquel momento me conformé con aquella respuesta aunque no entendía bien el motivo.

Al intentar dar una respuesta a aquella pregunta de mi primera juventud parto de la premisa que todos los lectores conocen el juego del Monopoly, de no ser así en este enlace podrán encontrar las normas de dicho juego:
El objetivo del juego del Monopoly es ganar a costa de “arruinar” al resto de los jugadores, para ello todos los jugadores parten de las mismas condiciones “económicas” y a través de la suerte y de unas habilidades “negociadoras” básicas pueden conseguir su objetivo.

Es muy curioso el tipo de comportamientos que se dan durante el juego: al principio cuando todos los jugadores tienen las mismas condiciones, los comportamientos pueden ser similares, todos basan su estrategia en la suerte de caer en las casillas deseadas, pero a medida que el juego va avanzando y la igualdad “económica” va desapareciendo los comportamientos también van cambiando.
Comenzaremos a analizar el comportamiento de los perdedores.
Cuando el jugador lleva perdido aproximadamente una cuarta parte del dinero inicial no se aprecia una especial preocupación, ya que se achaca la situación a una cuestión de suerte, y que la situación puede cambiar si ésta cambia, cuando se lleva perdido la mitad del patrimonio inicial el nerviosismo empieza a hacerse visible y se intenta cambiar de estrategia, a partir de aquí partimos desde la desventaja a la hora de negociar cualquier acción, hecho que será aprovechado por nuestros contrincantes para conseguir una posición aún más ventajosa  si cabe.
Cuando el jugador ha perdido las tres cuartas partes del patrimonio inicial, se encuentra a merced del jugador que va ganando y las posturas  ante la negociación son sumisas, donde prácticamente es el jugador con mayor poder “económico” el que dirige la negociación.
Si resulta curioso cómo va bajando el nivel de seguridad y de control sobre la partida a medida va disminuyendo el “dinero”, más curioso resulta si cabe la actitud del jugador ganador.
El jugador que va ganando a medida que va aumentando su patrimonio va actuando con mayor desdén y prepotencia, maneja el dinero con mayor soltura y llega a ser irritante para el resto de jugadores a los que en ocasiones puede llegar a avasallar con su actitud.
A la hora de negociar con el resto de jugadores parte de una posición de ventaja, dirige la negociación de la que resulta una posición de aún más poder.
El jugador que vence tiene que partir de las siguientes premisas: la suerte, la ambición (que bien puede resultar una virtud) y la avaricia (que partiendo de las premisas del justo medio aristotélico es a todas luces un vicio) ya que el objetivo es hacer que los demás pierdan, el vencedor será quién consiga acaparar todo el “dinero” y “propiedades” del resto de los jugadores.
Podemos decir que el juego de Monopoly destaca en los jugadores valores como la sumisión o la frustración en los perdedores y la prepotencia o la avaricia, en los ganadores.
Comparando con otro juego de mesa clásico, como puede ser el ajedrez, éste también consta en vencer al contrincante, pero para ello ha de utilizarse, la estrategia y el conocimiento, que pueden considerarse dos virtudes (siguiendo el modelo de justo medio anteriormente citado).
Podemos llegar a la conclusión que el juego del Monopoly destaca los valores del sistema capitalista como es la máxima “tanto tienes, tanto vales”. Valores, que pienso, no son los más apropiados para inculcar en un juego lúdico.

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