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martes, 12 de marzo de 2019

HÉROES, MÁRTIRES Y VICEVERSA.



A lo largo de la historia, la humanidad ha construido figuras de éxito en la que fijar la conducta social, ejemplos de buen hacer con la que cualquier persona podía aspirar a la excelencia y ser reconocido por sus iguales.
En nuestra cultura occidental, estos ejemplos están claramente influidos por la cultura grecolatina, así como por el cristianismo, que forman la base cultural de lo que somos en la actualidad.
En el mundo grecorromano, la figura del héroe era el paradigma a seguir por todos los ciudadanos, de ahí que figuras como Hércules o Ulises mostraran como a través del ingenio, la fuerza y la constancia eran capaces de superar los obstáculos que, en estos casos concretos, eran propiciados por los Dioses.
Así Hércules, debió superar las doce pruebas impuestas por Hera, para las que tuvo que hacer uso de su ingenio, su fuerza y destreza para finalmente superarlas.

La travesía de Ulises, descrita magistralmente por Homero en la Odisea, no está exenta de las mismas virtudes: fuerza, superación, ingenio, destreza… con la que tras muchísimas aventuras consiguió volver a Ítaca.
La mitología grecorromana, nos ha deleitado con miles de historias donde, además de dar un sentido a la realidad que vivían, nos muestra cuales son los valores que una persona debe fomentar, de ahí que sea la figura del héroe el paradigma clásico de figura de éxito.

La mitología judeocristiana, torna el mito del héroe por la figura del mártir, siendo el principal exponente la figura de Cristo. Habría que decir que el término Cristo proviene de la palabra griega cristo que significa “mártir”.
La figura del mártir es modelo de la defensa de unas ideas a través del ejemplo, desterrando el uso de la fuerza y estando dispuesto a morir por ello, sin causar daño a quien te lo hace.

Sin embargo, en la actualidad, hemos desterrado estos dos modelos de conducta de éxito social, para implantar un modelo completamente contrario, cuyo mayor logro es tener un aspecto físico deseable, salir en programas de televisión de dudosa calidad, ser bien parecido… o bien ser hijo de…, o amante de…, su popularidad no reside en sus acciones sino en su capacidad para permanecer en pantalla. Este modelo es efímero y sus protagonistas no permanecen en el tiempo, cuando estas figuras se agotan como referentes se construyen otras de las mismas características y de similar duración.

Si estos son los modelos de éxito que estamos generando, deberíamos preguntarnos si nuestra sociedad lleva el camino adecuado.
“La cultura de la modernidad líquida ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir” Zygmunt Bauman


miércoles, 16 de enero de 2019

BIEN Vs MAL


La filosofía se ha construido a lo largo de la historia a base de teorías que con el tiempo han sido refutadas por teorías completamente contrarias, o teorías posteriores que han modificado significativamente la teoría original, así se construye el devenir filosófico hasta nuestros días.

                Valga a modo de ejemplo dos afirmaciones que, por ser completamente opuestas, llaman aún más la atención y que sin duda pueden llegar a ser objeto de debate.
Para Nicolás Maquiavelo (1469-1527), “el hombre es malo por naturaleza y necesita una sociedad que le obligue a ser bueno”, sin embargo para  Jean Jaques Rousseau (1712-1778), “el hombre es bueno por naturaleza pero es la sociedad quien lo corrompe”.

¿Pueden dos afirmaciones ser más opuestas?
Sin embargo, en mi humilde opinión, ambas aseveraciones son incorrectas, ya que el concepto de “bien” y “mal” son construcciones culturales estrechamente vinculadas a las sociedades y al periodo histórico donde se definen. Lo que hoy todos estaríamos de acuerdo en que es malo, en otro lugar u otra época podía ser bueno. No existe el “bien” universal, pongamos como ejemplo el matrimonio infantil: en nuestra época y lugar es una aberración que nadie, en su sano  juicio, aceptaría o toleraría, sin embargo, en la novela de Miguel de Cervantes “La Gitanilla” se trata con total normalidad.

Existen miles de ejemplos a lo largo y ancho del mundo que confrontarían nuestro concepto de bien y mal con los mismos ejemplos de otros países que tienen otros paradigmas culturales, y con esto no estoy defendiendo la hipótesis del “relativismo cultural”, sino que, no debemos ver los comportamientos ajenos a nuestras propios costumbres en términos de “bueno o malo” sino de diferentes.
Las ideas, la propia cultura (entendiendo por cultura los conocimientos, valores, creencias, actitudes y emociones integradas en sus modelos de comportamiento) cambian a lo largo de la historia, y lo que hoy puede ser bueno, mañana puede ser malo y viceversa.
Volviendo al comportamiento del hombre (entendiendo “hombre” como la totalidad de la humanidad, no se me enfade nadie) está enmarcado dentro de los modelos que dicta la sociedad en la que vive y por lo tanto no puede ser ni corrompido ni obligado a ser ni bueno ni malo, per sé. Las personas se comportan de una u otra forma, en función de su circunstancias vitales, que son las que determinan que alguien viva dentro de los márgenes socialmente aceptables, en la época y lugar que le ha tocado vivir, o fuera de ellos.
“Yo nunca moriría por mis creencias, ya que podría estar equivocado” Bertrand Russell.

miércoles, 9 de enero de 2019

DEFECTO O VIRTUD


Con frecuencia, entre las virtudes que podría tener una persona solemos incluir la “sinceridad” entre otras tantas. Pero ¿es la sinceridad una virtud o un defecto?
Si nos ceñimos a su definición en la Real Academia Española de la Lengua la “sinceridad” se define como “cualidad de sincero”, lo que nos lleva irremediablemente a las acepciones de este sustantivo: “que dice o expresa lo que realmente piensa o siente sin fingimiento”.

Sin duda, extraer esta definición sin tener en cuenta las relaciones sociales que se establecen entre las personas, podríamos determinar que se trata de una virtud. Sería una valiosa virtud que nos mostraría tal como somos ante los demás, donde nuestra transparencia ante las situaciones vividas nos situaría en una u otra posición, sin miedo a aparentar algo que realmente no somos, lo que mejoraría significativamente las relaciones que mantenemos con los demás.
Pero las relaciones humanas son mucho más complejas que las asépticas definiciones de un diccionario, por lo que tendríamos que hacernos la siguiente pregunta ¿es positivo ser sinceros en todas las ocasiones?
Pondré como ejemplo una situación aparentemente intrascendente: si un amigo se afana en buscar un regalo para nosotros, en el que ha invertido su tiempo y puesto su ilusión con el objetivo de agradarnos y a la hora de entregarnos el regalo recibimos un objeto que no nos gusta, por el motivo que sea y somos sinceros con él ¿Cómo se sentirá esa persona? ¿nos importan las emociones que hemos generado en ella? Sin duda, en muchos casos, optaremos por agradecer el regalo aunque no le demos jamás un uso, sólo por no hacer sentir mal a nuestro amigo.

Aunque este puede parecer un ejemplo bastante simple y sin importancia, casos similares pueden darse con el mismo resultado. Imaginad que un ser querido está pasando por una enfermedad grave, ¿Cuál es nuestra reacción? ¿le decimos que realmente dudamos que salga con vida de esa enfermedad? O realmente lo que le decimos es: tu puedes con eso y con más, seguro que todo sale bien, etc., con el objetivo de animar a esta persona y que genere sentimientos positivos.
Si en los dos ejemplos, que acabo de exponer, optamos por ser sinceros probablemente nos tachen de insensibles, de malos amigos o de algo peor, pero a buen seguro que nadie pondrá en valor nuestra sinceridad.
“Nada más hipócrita que la eliminación de la hipocresía” F. Nietzsche